domingo, 5 de mayo de 2013

Cartas a una madre III



A la mujer que me otorgó la vida,
a quien me tuvo en su barriga y trajo esta familia,
mi primera amiga y médica de cabecera,
yo tu hija, tú el cobijo que me protegió de todo lo que hay fuera.
A quien me dijo “tú hazme caso y todo te irá bien”
lo hice y ahora mírame, ver para creer,
la que me bañó en mil caricias y secó en abrazos,
curó mis heridas con besos en su regazo.
(...)
Confiaste en mí cuando dedos me señalaban,
me perdonaste cuando el resto sentenciaba,
celebraste cada paso que daba,
cada logro como el triunfo del fruto de tus entrañas.
(...)
Ella me enseñó a andar de frente
a no fingir y sentir si el alma siente,
a no mentir cuando todo el mundo miente,
a mirar siempre a los ojos cuando hablo con la gente.
Me dijo “hijo se valiente, valiente que aquí la vida es cruel”
“que no te engañe una fachada reluciente,
que lo único que importa está debajo de la piel”



¿Te acuerdas, mamá? Cuando salía corriendo del colegio, a tus brazos, y te contaba con detalle toooodo lo que había hecho ese día. Te acuerdas cuando te obligué a hacer una receta que tú sabías que no me iba a gustar, pero me hacía tanta ilusión que estuvimos cubriendo peras con chocolate toda una tarde. Te acuerdas cuando yo lloraba, y después de mucho insistir, te terminaba contando lo que me pasaba. Cuando me dijiste que la gente es cruel, pero que yo no les tengo que hacer caso, ni ser como ellos. Cuando me decías que a veces de buena era tonta, pero que no le levantara la mano a un niño nunca. Que pegar está mal, que hay que compartir, todo menos el cepillo del pelo, que se contagian los pipis. Cuando me compraste ese libro para colorear que yo no paraba de mirar pero no me atrevía a pedir. Te acuerdas cuando me ponías la película de la Bella Durmiente y te quejabas de lo rayada que estaba de tanto ponerla. Cuando me leías una noche tras otra el cuento del lobo y los siete cabritillos. Ese amarillo, con las tapas tan rotas, y las paginas tan pasadas, que si cambiabas una palabra yo te corregía. Cuando me decías que llorando estoy muy fea y que nadie se merece mis lágrimas. Yo si me acuerdo. Me acuerdo de todo. También recuerdo las peleas, no te creas. Pero eran mejores las reconciliaciones. 
Siempre me has dicho que puedo hacer y ser lo que yo quiera en esta vida, que no debo dejar que nadie me hunda, que debo aprender a alejarme de la gente que me hace daño. Me has inculcado unos valores y unos ideales, fundados en el respeto, que es lo que te has ganado. Todo mi respeto como persona, como mujer y como madre.
Nos hemos ido distanciando, las peleas se han ido haciendo más frecuentes, y los momentos tiernos más raros, y casi nunca hablamos. Y yo no puedo otra cosa que sentir que te he fallado. Que tu me lo has dado todo y yo no puedo devolverte ni un cuarto. Sé que tu sabes que te quiero más que a nada, pero también se que a veces se te olvida, y a mi me gustaría tener el valor para ir y decirte todo esto a la cara. 
Feliz día de la madre, mamá.

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