viernes, 24 de febrero de 2012

Por fin

Y entonces lloró. Lloró todo lo que llevaba meses acumulando. Lloró por todos y cada uno de esos pensamientos autodestructivos que habían pasado por su cabeza, por cada palabra que le había herido y por cada mirada que le había atravesado. Derramó diez lágrima por cada una de las que no había derramado en su momento. Derramó una lágrima por cada amigo perdido, por cada tarde encerrada en casa, por cada discusión. Todo salió de su cuerpo de una vez, sin que nada lo pudiera parar. Y tampoco quería parar, solo quería sacarlo todo sin importar quien pudiera verlo u oírlo. Todo daba igual.

Y desde ese día se sintió mejor, se sintió libre, sintió que las cadenas se habían aflojado.

Se dio cuenta de que no merecía la pena sufrir por aquellos que te hacen sufrir. Paradójicamente.

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